Reestructuración privada vs concurso de acreedores: cuándo actuar para proteger la reputación corporativa

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El concurso de acreedores no destruye la reputación el día que se declara. La destruye semanas o meses antes, cuando la dirección ya sabía que el problema era estructural y siguió gestionando como si fuera coyuntural. Esa es la distinción que importa.

La diferencia entre una reestructuración privada bien ejecutada y un concurso de acreedores no es solo jurídica ni financiera, es ante todo una cuestión de tiempo. Y el tiempo, en estos procesos, no es neutral, corre sistemáticamente en contra de quien tarda en actuar.

¿Cuándo ha dejado de ser un problema financiero para convertirse en uno de imagen?

Hay señales que los equipos directivos tienden a racionalizar como temporales: márgenes que se comprimen trimestre a trimestre, necesidad recurrente de renegociar plazos con proveedores clave, líneas de crédito que se renuevan con creciente dificultad, o una tesorería que se gestiona ya semana a semana.

Ninguna de estas señales es, por sí sola, definitoria. Pero su combinación, especialmente cuando persiste más de dos o tres trimestres, indica que el problema ha dejado de ser de liquidez puntual y ha pasado a ser de modelo.

En ese punto, el riesgo reputacional ya está activo, aunque todavía no sea visible. Los proveedores hablan entre sí, los bancos comparten información, el talento directivo empieza a recibir llamadas. La ventana para actuar de forma discreta existe, pero se cierra más rápido de lo que los estados financieros sugieren.

La reputación corporativa no se protege con comunicación. Se protege actuando antes de que haya algo que comunicar.

Lo que permite (y lo que no permite) la vía extrajudicial

La reestructuración privada ofrece tres ventajas reales frente al concurso, que pasan por la confidencialidad en la negociación, el control del relato ante stakeholders y la ausencia del estigma judicial.

No es un mecanismo milagroso ni funciona en cualquier situación. Requiere que haya masa crítica de acreedores dispuestos a negociar, que el negocio subyacente tenga viabilidad real, y sobre todo, que quede suficiente margen financiero para sostener el proceso mientras se negocia.

Esto último es clave y con frecuencia se ignora. Iniciar una reestructuración extrajudicial cuando la caja tiene semanas de recorrido, no meses, convierte el proceso en una negociación bajo coacción. En esas condiciones, las condiciones que imponen los acreedores son sustancialmente peores y la dirección pierde el control del proceso que quería preservar.

El error habitual no es el concurso es no haberse adelantado

El autoengaño más frecuente en estos escenarios tiene la forma de confundir el problema de mercado con el problema de empresa. El sector está difícil, estamos en un ciclo bajo, en cuanto se reactive la demanda se corrige. Esos argumentos pueden ser parcialmente ciertos y aun así irrelevantes si la estructura de costes, el nivel de deuda o el modelo de negocio no son sostenibles en el horizonte temporal que el mercado está dispuesto a esperar.

Cuando la dirección llega a ese punto de racionalización, el momento óptimo para actuar ya ha pasado hace tiempo. No porque no haya solución, casi siempre la hay, sino porque las opciones son más costosas, más lentas y más expuestas.

El rol de un directivo externo en la toma de decisiones

Uno de los problemas estructurales en situaciones de este tipo es que quienes deben tomar la decisión son los mismos que tienen mayor sesgo para no tomarla. El equipo que ha construido la empresa, que conoce sus circunstancias históricas y que ha sostenido el optimismo necesario para operar en entornos difíciles, es también el menos indicado para hacer una lectura fría de la situación.

Un directivo externo, en la figura del interim manager con experiencia específica en reestructuraciones, aporta algo que no está en los comités internos, que es una evaluación sin historia. Sin compromisos emocionales con decisiones pasadas, sin exposición política a los resultados anteriores. Eso, unido a un mandato ejecutivo claro, permite diseñar y liderar un plan de viabilidad creíble, que es exactamente lo que los acreedores necesitan ver para negociar.

Si su compañía comienza a detectar señales de agotamiento en su modelo financiero, es el momento idóneo para explorar las opciones de reestructuración privada. Desde EPUNTO Interim Management aportamos el talento directivo necesario para liderar este proceso con total confidencialidad, protegiendo el futuro y el prestigio de su organización.

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